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Etiqueta: cuento

Todo música

Que sepa usted, señora, que voy a poner unos altavoces desde su casa a la oficina, que voy a poner esas canciones que le motivan, que le enardecen, que va a sonar la canción de su vida mientras cruza la calle, que va a sentir como tiembla el suelo del ascensor con el sonido de unos timbales. Que cuando llegue a su silla, señora, ya no sabrá si está sonando la melodía de su vida, o la novena de Beethoven. Y al cruzar de nuevo de acera a acera, no sonarán ni sus zapatos porque será como caminar entre algodones. Y así todos los días, señora. Y cuando llegue la hora de volver a casa, tendrá la música más relajante que pueda imaginar, tan relajante que hasta los zapatos se le despegarán solos de los pies e irá descalza por una alfombra con forma de pentagrama. Y cuando encuentre la paz de su hogar, señora, habrá cien violinistas componiendo solo para usted, a los cuales, si me deja, dirigiré desde la sombra.

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Estaba observando esa foto que te hice un día mientras dormías

Estaba observando esa foto que te hice un día mientras dormías. Eran las siete de la mañana. Me pareció sentir tanta placidez, que no dudé un momento en sacar mi cámara y hacerte la foto. Te la enseñé el día que la convertí en un póster y decoré mi despacho con ella. Decías que no te gustaba que cualquiera que entrase la pudiese ver porque era un instante tuyo íntimo. y podía considerarse una invasión de tu intimidad. Pero hoy precisamente ha entrado un cliente y se ha quedado mirándola durante unos minutos. Me ha dicho que era la imagen perfecta de la paz y la tranquilidad. Me ha pedido una copia, pero obviamente le he dicho que era imposible. Y ahora llevaba yo unos minutos mirándola y se me ha ocurrido llamarte. Pero te estaba imaginando en esa postura, con una mano bajo tu cara, la otra sobre la almohada, y he pensado que a lo mejor estabas dormida, y sería un crimen despertarte porque siempre duermes así. Así que he preferido escribirte esto que te enseñaré cuando despiertes.

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Y así se durmió

Se apoyó en mi brazo, recostó la cabeza sobre mi pecho y solo escuché un par de suspiros antes de notar que había caído rendida. Las flores eran una sombra oscura recortada por la luz que tenuemente entraba por la ventana. Nuestro trigésimo aniversario la había agotado. Tarta, fiesta, hijos y nietos, como ella quería. Aunque mañana no lo recordaría, como los últimos tres años.

 

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Guardaba la entrada de cada película que había visto ese año

Guardaba la entrada de cada película que había visto ese año. Las pegaba en un cuaderno, y al lado una pequeña reseña de su opinión por si alguna vez la volvía a ver o alguien le preguntaba si merecía la pena ir a verla.

Una pena que no apuntase también quien se sentaba siempre una fila detrás para ver su nuca y su cabello, su reacción ante los sustos y el temblor de su cabeza cuando lloraba.

Y siempre al acabar la película yo lo apuntaba en mi libreta.

 

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