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Categoría: microrrelato

Bella

Bella, dices

Como se nota que no la conoces como yo, amigo.

Bella es cuando está dormida, cuando está ausente, cuando está preocupada

Bella es cuando se enfada, cuando me reprocha, cuando se concentra

Bella es cuando está trabajando

El resto del tiempo es una preciosa mujer a la que amo, una maravillosa pareja a la que venero, una fantástica madre a la que envidio, una apasionada amante que me cautiva, una trabajadora incansable, una hermosa persona que está por encima de todo lo que soñé.

Bella, dices, amigo. No tendré palabras ni tiempo en esta vida para llegar a colmarla como se merece.

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Milo

Ni diez kilómetros de distancia nos separaban a Milo y a mí, y sin embargo era todo un mundo. Ella no podía decir que me amaba, yo estaba deseando gritarlo. La fuerza de su mirada fue la que me atrajo hasta su casa, y el deseo hizo el resto. Sin salir en dos días de su cuarto mal ventilado.Y al salir, las miradas. Dos mujeres jóvenes en una casa, murmullos, amenazas, delaciones

Ya solo quedaban cinco kilómetros, y notaba la tensión del reencuentro. Milo no sabía que iba a verla, pero imaginaba que estaría deseando besarme de nuevo, como si estrenásemos labios.

Dos kilómetros y el placer de compartir mi cuerpo con el suyo, en un lugar donde está prohibido. Pero ¿dónde están esas fronteras que delimitan el amor?.

Solo dos manzanas para ver su puerta, apenas veinte metros para notar su presencia, treinta pasos para abrazarla…. y en ese momento, fue como si diez mil miradas se posasen en mi camino y cientos de flechas se abalanzasen hacia nuestro encuentro. Y unos ojos que me ven desde una ventana, y una ventana que se cierra, y una espera que termina, y una lucha que he perdido. O acaso es más que una lucha, son dos vidas que se han roto.

 

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Y así se durmió

Se apoyó en mi brazo, recostó la cabeza sobre mi pecho y solo escuché un par de suspiros antes de notar que había caído rendida. Las flores eran una sombra oscura recortada por la luz que tenuemente entraba por la ventana. Nuestro trigésimo aniversario la había agotado. Tarta, fiesta, hijos y nietos, como ella quería. Aunque mañana no lo recordaría, como los últimos tres años.

 

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Volveré

Hola madre:

Como te prometí, lo primero que hago es escribirte. El viaje fue muy ameno, encontré a dos señoras que hacían el mismo recorrido que yo, estuvimos jugando a una especie de poker e hicieron que se me pasasen las horas volando. El hotel es un encanto, tengo unas bonitas vistas a una pradera y al fondo se adivina el mar. Es casi increible que ayer estuviese viendo el cielo gris de nuestra ciudad, y hoy tenga tanta luz y claridad.

Siempre me ha gustado venir aquí. ¿Recuerdas cuando yo tenía apenas 10 años y quería salir de noche para llegar aquí al amanecer?. Me encantaba dormirme sabiendo que me despertaría viendo el sol y el mar.

Hoy, cuando me traían desde la estación al hotel, he recordado los largos paseos con padre por la playa. Saldré mañana temprano a esparcir sus cenizas por la arena, y miraré como las olas se las llevan, y luego emprenderé un nuevo viaje. Pero no hacia la ciudad, madre. Me agobia esa falta de luz. No me atreví a decírtelo ayer cuando me despedí porque temía que me convencieses para quedarme otra vez contigo. Ya sabes que soy un poco cobarde para estas cosas.

Necesito seguir viajando, descubrir nuevos lugares. Ver donde vuelven a romper las olas que se marchan de aquí, como si se tratase de las huellas de padre.

Probablemente dentro de un tiempo acabe aquí, en este sitio del que no debimos salir. Aquí están nuestras raíces, también estará el espíritu de padre, y estaré yo. Y podríamos arreglar la casita de la playa, nos basta con poco espacio para las dos.

Me gustaría que vinieses, madre. Me gustaría volver a verte al atardecer en la playa.

Piénsalo madre, y si vienes, deja la ventana de la terraza abierta con las cortinas azules. Igual que hacías cuando era pequeña para avisarme de que ya estabas en casa.

Porque volveré.


Tu hija que te quiere

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Guardaba la entrada de cada película que había visto ese año

Guardaba la entrada de cada película que había visto ese año. Las pegaba en un cuaderno, y al lado una pequeña reseña de su opinión por si alguna vez la volvía a ver o alguien le preguntaba si merecía la pena ir a verla.

Una pena que no apuntase también quien se sentaba siempre una fila detrás para ver su nuca y su cabello, su reacción ante los sustos y el temblor de su cabeza cuando lloraba.

Y siempre al acabar la película yo lo apuntaba en mi libreta.

 

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Bajando por el lado sur del monte Buria se ve la cueva de la novia

Bajando por el lado sur del monte Buria se ve la cueva de la novia. Se cuenta que allí aún reside una novia despechada que fue plantada en el altar por un novio torcido. La historia dice que tras más de 3 años de noviazgo, una pareja decidió casarse por la iglesia. Convocaron la boda para a la primavera, compraron una casa, la arreglaron, la pintaron, se hicieron con un ajuar, pusieron sus nombres en el buzón de la calle. Y dos días antes de la boda la engalanaron y perfumaron con aromas africanos, para que cuando entrasen les pareciese más nueva.

La mañana de la boda, el novio se levantó torcido. Si se miraba al espejo se veía inclinado hacia el lado izquierdo y por mucho esfuerzo que hiciera, no podía colocarse derecho. Era como si un palo se le hubiese metido en la espalda y le impidiese moverse.

Y empezó a pensar que si tenía hijos, estos podrían salir como el, torcidos. Y que además en el parto podrían tener complicaciones. También pensó que en las fotos de la boda tendría que pedir a todos los invitados que se torciesen como el para las fotos, y así no salir solo el torcido. Y se empezó a imaginar todo tipo de situaciones en las que un hombre torcido no tendría futuro.

Y salió de la casa de sus padres para nunca volver. Pasó por delante de la casa de la novia, le iba a decir que no se casaba, pero al ver su sombra torcida en la calle le dió vergüenza y no la llamó.

Cuando ella llegó a la iglesia y él no apareció, se sintió tan despechada que salió sin mirar atrás, subió al monte y se refugió en una cueva. Nunca nadie la encontró. Los rumores decían que estaba en una cueva escondida. En realidad en la cueva vivía el novio que encontró en su camino de huida a unos juncos que, torcidos como él, parecía que le indicaban el camino a seguir. Y se metió en ella. Y allí vivía.

La novia había salido por otro camino y se encontró a Jeremías, el anciano que temblaba al hablar y se ofreció a ayudarle.

 

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Hermosa la mañana que amaneció gris

Hermosa la mañana que amaneció gris. Paseamos por la playa, sin estorbos, hasta el agua estaba más tranquila y apenas hacían ruido las olas. Luego paramos en las rocas y nos sentamos a contemplar los barcos que salían del puerto.

En uno de los barcos las gaviotas revoloteaban como locas hasta que se perdió en el horizonte. No nos mirábamos, no hacía falta.

Te cogí de la mano y volvimos a nuestra cabaña. Terminamos de pintar la mañana, poniedo color en el cielo, y haciendo que las gaviotas se quedasen en la orilla, esperando el atardecer con la vuelta de los barcos.

 

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Era insufrible ver como mi abuelo intentaba regar las macetas de su jardín con aquel temblor en las manos

Era insufrible ver como mi abuelo intentaba regar las macetas de su jardín con aquel temblor en las manos. La regadera bailaba y esparcía el agua alrededor de la planta, siendo pocas las gotas que acababan en su objetivo.

Mi hermana Ester y yo le ayudábamos en su tarea y así al menos una vez a la semana las flores recibían su dosis de agua.

Luego llegó el invierno y la primavera, y era la naturaleza la que decidía cuando regar. Al llegar junio mi abuelo ya no podía levantarse de la cama, pero nos pedía, cuando íbamos a verlo, que le trajésemos la regadera junto a su lecho y nos explicaba como debíamos regar. En agosto falleció, y esparcimos sus cenizas por el jardín, junto a las macetas. Ahora regamos las plantas cuando vamos y mi abuelo nos observa y nos regaña si no lo hacemos bien.

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Fumábamos como locos

Fumábamos como locos, como si se fuese a acabar el mundo y no nos importase morir por su efecto. Todas la tardes acudíamos a aquel antro, pedíamos unas cervezas importadas y nos metíamos en la habitación que estaba llena de cojines.

No teníamos control sobre las horas que pasaban, ni de quien entraba y salía de aquella habitación. Solo sabíamos que cuando iban a cerrar, el dueño venía y nos abría las ventanas. La luz de la madrugada nos despertaba del letargo de tanto alcohol y marihuana.

Entonces íbamos a casa, y escribíamos en un cuaderno los relatos que nos imaginábamos mientras estábamos colgados. Y los publicábamos en el blog.

Y volvíamos a empezar.

No recuerdo ni cuando parábamos a comer.

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