Anonimato

Yo voy a ir cerrando este año, pero usted manténgase alerta porque copa casi todas las categorías en el congreso de musas. Desde la del silencio hasta la de los apellidos con tilde. La entrega será a medianoche, se brinda con el pensamiento, y así el anonimato permanece.

Rutas

Y cuando mis manos se enreden en tu pelo, no habrá marcha atrás. Habré aprendido el roce de tu piel, el suave balanceo de tu cuerpo al temblar, y tus rincones los colocaré en el mapa mental que construiré para no perderme. Haré rutas que me lleven del frío al calor y plantaré banderas con los colores de tu sonrisa. Luego, ya en calma seduciré a tus caderas para que dancen al ritmo del té de la mañana. Y si no amanece, tendré excusas para recorrerte otra vez.

Sé que duerme porque yo la invento cada noche, y será de noche cuando me olvide de nombrarla porque la tendré cerca. Sé que es una nota porque la compongo. Sé que es más que una sílaba porque le escribo y me lee. Sé que a veces sueña porque yo también aprieto los puños. Sé que sonríe porque amanece.

Aguinaldo

A estas alturas, ya imaginará lo que aparece en mi aguinaldo. Lo he dejado sin abrir para aguantar la sorpresa aunque yo mismo lo preparé. Junto a mi libro y sus encuentros, hay dos botellas sin abrir. Una es por si no viene, la otra por si acabo la primera. Creo que puse también alguna de sus fotos, y enlaté las risas de madrugada. Y hay una sorpresa porque la puse mientras soñaba.

Nochevieja

Prepararía una cena de Nochevieja. No se si eres de gambón al tango feroz, o de ensaladilla con paseo con las manos entrelazadas. Pero me gustaría improvisar. Tendría la nevera con productos rojos que calentar. Hasta las uvas saben mejor si se toman de labios ajenos. Y no serían doce campanadas porque ya nos habríamos perdido en los cuartos. Ahora tengo que encontrar el año.

Invisible

Ser invisible tiene sus ventajas. Yo soy el invisible y usted las ventajas. Yo el transparente, usted el muro con todos mis textos. Yo la copa de cristal, usted el líquido que me embriaga. Yo el viento, usted la que llega. Yo el silencio, usted la banda sonora. Ser invisible tiene ventajas. Ahora no estoy ahí, pero usted me recuerda

2019

Temblé al acercarme a usted, le dediqué lo que nunca reconoceré, le miré a los ojos, buceé aún dormido, paseé como si fuera a mi lado, le preparé tostadas, le imaginé a horas intempestivas, le guardé el albornoz por si venía, compré licores que adora, le eché de menos aún cuando estaba, poseí recuerdos del futuro compartido, anhelé que leyese como yo escribo, compuse como si supiese. Todo en un año en el que dicen que además publiqué un libro. Y dos mil diecinueve no es primo.

Lego

He ampliado la memoria de mi teléfono para hacerle fotos mientras hablamos. Un acuerdo con el meteosat me permite observar si camina nerviosa, o si se recrea mirando en lontananza los alrededores. Estamos en fase de pruebas. El Ministerio insiste en triangular la señal y buscar cuevas horadadas y habitadas por seres que no pagan alquiler. A mí eso me preocupa, por si en alguna de esas búsquedas encuentran la mesita y las dos sillas que le estoy imprimiendo con piezas de lego con el color de sus ojos, y de las que no pienso pagar impuestos.

Vecinas

Me preguntan las vecinas si le voy a regalar algo estas fiestas. Se dan cuenta que siempre tiendo orientando la ropa a la ventana dónde desayuna, y que mis pinzas son del color de la blusa que trajo la última vez. Han creado un comité y se reúnen los jueves a la noche. Se quedan en vela por si la ven aparecer. Los viernes todos tenemos ojeras, ellas por la noche en blanco, yo porque he manchado el blanco de mis hojas con tinta esperando que las lea.

El ciego Bitrán

El ciego Bitrán llevaba más de doce años diciendo mentiras. Engañaba a la gente que no conocía su ceguera. Les decía que podía ver los espíritus que les rondaban y qué intenciones tenían. A una mujer le hizo creer que llevaba atada una cuerda a su vestido con la que arrastraba las ánimas de sus antepasados, y desde ese día la mujer caminó desnuda por el mundo. A los niños les decía que sólo cuando yaciesen con otra persona podrían curar sus pecados y alguno se lo creyó tanto que acudió esa misma noche al lupanar del pueblo.
El ciego Bitrán había quedado ciego a la temprana edad de 12 años cuando un primo suyo le tiró cal a los ojos porque decía que así vería a través de las paredes. A su primo lo desterraron sus padres al cuartel de la capital y nunca más se supo de él. Ahora Bitrán se ponía en la puerta del mercadillo, con sus gafas oscuras y aparentaba ver, haciendo juegos con las cartas. Cuando alguien le preguntaba a qué jugaba decía que al juego de los espíritus y así los convencía de que tenía poderes.
Cuando un día lo encontraron muerto en la calle, nadie supo de qué había fallecido. Había recuperado la vista unos instantes, los justos para ver llegar a su primo que volvía para pedirle perdón. El imaginó que llegaba para rematarlo y murió del susto.