Y…

Y desnudarte, y volverte a vestir para desearte. Y beber tus placeres como agua fresca, y delimitar tus zonas con mi lengua, y hacer un mapa de tus gemidos, y un plano de tus sudores. Y besar donde se oculte la sombra de tus valles, y volver a besar para que florezcan. Y verte a oscuras, pero tocarte para que amanezcas desnuda, y hacer que olvides tu nombre para poderte llamar despacio y sin prisas. Y desearte, y hacer que me beses donde guarde tus mejores recuerdos.

En su ausencia

En su ausencia, me dispuse a pintarla pero su recuerdo en blanco y negro es insuperable. En blanco las sombras. En negro las molduras a las que aferrarse. Las aristas no las percibo y son innombrables. Nunca fui bueno con el carboncillo, señora, así que no la pintaré, no desperdiciaré pinceles en algo que no podré transmitir al lienzo. Ya encargué sábanas negras, ya reservé nieve para agosto, ya teñiré de gris las paredes por las que pasemos.

He recogido tu ropa del tinte

He recogido tu ropa del tinte, dicen que no pueden quitar la mancha de mar de la falda que nunca te pones. Y que será mejor que no la lleves más veces porque tienen un maniquí que por las noches se la pone y baila villancicos. Antes de llegar a casa también he pasado por la floristería y están muy contentos con el ramo que les enviaste la semana pasada, dicen que como nadie les regala flores les hizo ilusión el tuyo con forma de Saturno, aunque perdieron los anillos y tuvieron que decir que era Júpiter a los que preguntaban. Yo acabo de llegar y estoy ordenando la ropa, aún me llevará un rato. Ya sabes que no me acostumbro a guardarla como a ti te gusta, por el orden en que te la quito. Luego probablemente bajaré a la bodega a esperarte. Recuerda bajar a oscuras para que pueda verte.

Algo maravilloso está a punto de suceder, señora

Algo maravilloso está a punto de suceder, señora. ¿Recuerda los textos que le escribí? Pues voy a hacerlos realidad.  Empezaré por el vals que no bailamos, y continuaré por el poema en su espalda. Luego llamaré a la primavera y juntos planificaremos su otoño, tengo mano con ella y seguro que se deja seducir. Convocaré a los músicos de la nieve y nos acercaremos a su casa para musicarle la noche que se quede en casa frunciendo recuerdos, y hasta haré que la policía del jazz vigile su ventana para que solo los violinistas puedan tocar su sinfonía preferida. Me aventuraré a predecir su película preferida antes de que la estrenen y a que solo su ángel de la guarda la llame por su nombre para no desgastarlo. Ahora puede que piense que estoy borracho pero ha de saber que hace al menos tres minutos que no pruebo alcohol. Le dejo porque han llamado a mi puerta y seguramente serán los vecinos que vienen por el aroma de este texto, aunque ojalá me equivoque y sea usted con una sonrisa y el vestido rojo de pecar.

Es una pena

Es una pena que no te hayas dado cuenta aún de que eres una diosa. No deberías ir mendigando frases sueltas por ahí cuando otros te construyen poemarios, ni dormir bajo tejados cuando te construyen templos. No deberías escuchar plegarias cuando otros te dedican salmos, ni deberías caminar por el asfalto cuando otros te siembran veredas. No deberías soñar cuando otros te construyen universos y deberías de dejar de leer cuentos cuando otros te escriben trilogías.

Me compré ese reloj

Me compré ese reloj que se para cuando te marchas y se pone en hora cuando regresas. He observado que incluso las manecillas marchan al revés cuando lo miro fijamente. Me pregunto cómo se comportará esta noche que has decidido quedarte a dormir y van a cambiar la hora. A lo mejor generamos un agujero de espacio tiempo. Por si acaso, te despertaré a las tres y te mantendré despierta una hora. Si cuando amanece estás aún entre mis sábanas, echaré las persianas hasta la primavera

Volví al terreno donde íbamos de niños

Volví al terreno donde íbamos de niños. Te sorprendería ver que aún está en pie la vieja valla que usábamos para trepar y saltar. Probablemente aún estará por ahí alguna de las piedras que nos tirábamos con mala puntería, a mí me gustaban las planas porque decía que llegaban más lejos, a ti te gustaban todas. Han asfaltado la parte de atrás, donde buscábamos lagartijas que se escondían dentro de los tubos de televisores que previamente habíamos roto. Haciendo un pequeño esfuerzo, te vi caminando con tu vestido corto por encima de la valla, esquivando los ladrillos rotos. Siempre temí que te caerías sobre alguno y que tendrías una herida de por vida, pero eras más diestra que todos los que te mirábamos desde abajo. Lo que más eché en falta fue el olor a tardes de verano que alguna vez me viene a la mente. Ahora no está el viejo taller que emitía aquellos efluvios que irremediablemente asociamos a aquellas jornadas eternas hasta que el sol caía y alguien nos llamaba a gritos para ir a cenar. Y puestos a recordar, recordé la tarde que te invité a un refresco porque hacía mucho calor y a mi alguien me había dado una propina, tu pediste Mirinda, yo me tomé un helado. Ahora hay aquí una floristería, ¿bajas y te invito?

¿Me deja usted, señora, que me emborrache esta noche?

¿Me deja usted, señora, que me emborrache esta noche?. Será cuando ya no esté conmigo, y lo haré a solas. Como cuando aún no la conocía e iba por los bares buscando alguien con quien conversar. Lo diferente de esta vez, señora, es que si me encuentro a alguien le hablaré de usted de sus sandalias planas con florecillas, de sus peinados de los sábados y de las copas de las noches a la fresca de su terraza. Les hablaré de cuando nos conocimos en aquella exposición de arte abstracto y de como me quedé mirándola hasta que se volvió y me miró con extrañeza y algo de miedo. Les contaré que tardé dos días en llevarle rosas a la oficina, y casi tres en pedirle, con la mirada, el primer beso. Hasta puede que cuente que los vecinos nos miran unos con envidia, otros como seres extraños, los días que preceden a nuestras noches casi en vela. Pero le aseguro que no les contaré que hoy la he dejado para que duerma tranquila porque mañana le voy a dar esa sorpresa que lleva tanto tiempo esperando.

He encargado un póster de su fotografía

He encargado un póster de su fotografía, la que le hice mientras paseaba vestida de negro por aquel acantilado. Al fondo el horizonte, de cerca su figura sibilina formando una letra. Me han llamado por si quiero comercializarlo porque creen que se venderá muy bien como reclamo de la provincia. Pero les he dicho que no, obviamente. Que me manden a mi sólo la copia, que ya he tirado el tabique para ponerla allí. No se aún que opinará mi vecino cuando venga de vacaciones, pero ya lo intentaré convencer de alguna manera, él ya la conoce a usted, así que espero que no ponga ningún problema por haberle quitado la estantería.

A estas alturas

A estas alturas ya sabrá, señora, que su mirada quema, que sus ojos no son terrenales, que dónde miran abrasan. Lo he comprobado muchas veces, cada vez que veo su foto en mi teléfono debo apartar la mirada. Y no es por eso por lo que no la llamo, ya lo sabe, señora, es por algo más mágico. Me atrevo a mandarle estos mensajes con la esperanza de que los lea, levante la mirada hacia el cielo y, por el resplandor, sepa donde localizarla. Si por el camino, su rayo quema la luna, que le vamos a hacer. Lo llamaré daños colaterales, pero usted no deje de mandarme señales.