La llamaré ojos grises

La llamaré ojos grises, señora, porque no puedo llamarla por su nombre en este barrio. No le mandaré flores para no levantar sospechas entre los jardineros, ni le mandaré bombones por si acaso me ven los envidiosos del muro. A lo mejor le mando una bufanda a juego con sus guantes uno de estos días que tanto viento se levanta por la avenida, sabiendo que su cuello es frágil, como de porcelana pintada a mano. Y me conformaré pensando que sonríe cuando los reciba. Tal vez sea primavera cuando nos volvamos a ver, pero sepa que todas las semanas la invito veladamente a una tarde entre los bastidores de mi pequeño teatro de los sueños, esos en los que usted, señora, aparece y desaparece.

Ha sido la primera vez

Ha sido la primera vez que me enamoro de alguien que no tenga una “a” en su nombre. Y así todo ha sido especial. He encontrado sólo doce canciones con tu nombre, diez poemas que terminan con tu última sílaba, y tres postres que hacen mención a tus vocales en su orden. He escrito ya trece poemas que evocan tus ojos y he bautizado con tu nombre el jardincillo que está saliendo de mi casa a mano derecha. He pedido a los hombres de azul que inauguren el invierno saludando desde una duna que recuerde la curva de tu espalda cuando duermes, y van a sacar un dulce que cuando se funde en la boca deja los labios listos para ser besados. Y tus ojos, ay! Tus ojos… he buscado entre doce mil colores pantone y ninguno me evoca la sensación de tenerlos a menos de cinco centímetros y desear cerrarlos. A lo mejor es que que tengo que mirarlos más de cerca. ¿Dónde desayunas mañana?