Ducado

Me ofrecen un ducado en la Plaza Mayor de su barrio. No cobraré diezmos ni nada parecido, pero la veré pasar todos los días. Contrataré súbditos que le silben como jilgueros al amanecer y que le lleven la bolsa de la compra dos días por semana. Compraré algún sillón de Ikea que le sirva para descansar, y una maceta por si se quiere entretener regando. Dudo sobre el color: ¿a juego con el color de sus ojos despierta o dormida?

Alertas

Ayer empecé a programar sus versos del próximo otoño. Me salen días alternos con tormentas de endecasílabos y tres sonetos con precipitaciones por fin de semana. Los lunes serán benévolos, pero a medida que se acerque el jueves habrá brisas que se convertirán en huracanes grado 3. No se preocupe porque ya avisé al servicio de Metereología poética, y solo se pondrán en alerta en caso de avalancha, y le aseguro que las únicas que tengo previstas serán en privado.

A la vuelta

Verá al volver a casa que le limpié las cuerdas del tendedor, acumulaban pinzas de las que le cuelgo versos fluorescentes para que solo se vean de noche. Terminé también de colocar el espejo del recibidor, le puedo asegurar que nadie se ha reflejado aún en él porque llevaba mi traje de invisibilidad, a lo mejor no funciona cuando la vea por la ley de la belleza reflejada 2.0. El buzón lo tiene listo, se le ordenarán las cartas por factor de imprudencia, aunque ahora somos pocos los que escribimos en papel y, en mi caso, con mala letra. Le dejaré las llaves en la fuente seca de la plaza, las vigilará el sereno ciego, me pidió pagarle con cintas de colores. Y como no sé cuándo regresa dejaré este texto inconcluso, ya lo titularé con su nombre cuando la vea sonreír.

Rodeada de agua

Qué suerte la suya, señora, rodeada de agua. Las prisas solo me han permitido convocar un atardecer con la Patética de Beethoven al piano, una mañana de perseguir huellas en la arena y tres vermús con aceitunas. Desde la distancia, y con las palabras como única arma, no puedo empoderar ni a los cangrejos de la playa para que le monten una fiesta sorpresa, pero me consta que al menos la luna hará vigilia desde el mediodía para que tenga sombra donde cobijarse.

Nos debemos otra tarde de lluvia

Nos debemos otra tarde de lluvia, una partida a ver quien sonríe antes, un cine a deshoras, una noche de secretos, una canción no compuesta, una risa infinita, un paseo de contar baldosas, una historia de instagram a medias, un curso de ahuecar almohadas y ciento setenta y siete cervezas para acompañar. Si es necesario usaré la vieja máquina del tiempo que compré por fascículos, así tenemos más fechas

Se ha ido de la calle dónde vivía

Se ha ido de la calle dónde vivía y no me ha dicho nada, señora. El del bar de su esquina me dijo que la vio marchar de madrugada, cuando él espantaba a los últimos borrachos, que la vio descalza por el asfalto mojado, y con el bolso de los deseos lleno de ropa.  Se tenía que haber puesto por lo menos unos calcetines. He puesto fotos suyas por los postes de luz y mi teléfono por si alguien la reconoce, pero se llevan el cartel los ladrones de caras. Hoy he convocado a los basureros para ver si la encontramos. Pasaremos la noche sembrando macetas por las esquinas, yo creo que las reconocerá, y a lo mejor cuando yo vuelva a casa, la encuentro dormida en el sofá que tengo para los regresos.

So what

Luego llega ella, o su recuerdo, y me desarma. Cómo cuando escuché por primera vez “So What”. La diferencia es que Miles es eterno, ella mi musa. Pero no apuesten a quién es más necesario.

Banda sonora

Le he puesto banda sonora a nuestros desencuentros. Todos los días al menos una canción, igual que los paseos imaginarios. Si fueran en orden alfabético aún iría por Antonio Vega. Pero me gusta el desorden, así la despisto y no le doy pistas de cuantas sonarán. Y le dejo mandar peticiones, si son en mano, acepto hasta discografías completas, no se imagina que rutas he ideado.

Me propuse anoche escribirle el relato más cautivador

Me propuse anoche escribirle el relato más cautivador, y ya estaba por la decimotercera palabra cuando empezaron a entrar extraños por la ventana. Los locos de las camisas a rayas horizontales llevaban escaleras que solo sirven para bajar; la dama de los balcones recitaba en una esquina de mi salón la letanía de los pastores en huelga y la sinfónica de las siestas interpretaba el ronquido en mi menor para piano y almohada. Entraron también doce vecinos sonámbulos que solo salen cuando hay penas de amor en la calle. Y entre todos escondieron mis papeles por cajones prohibidos, se llevaron los lápices de colores que compramos en la feria de los tacones bajos y al salir pintaron mi puerta de su color favorito. Y por eso ando escribiendo esto en el muro de su casa, a ver si se da por aludida y viene a ayudarme a terminar el relato que empezaba por “me propuse escribirle anoche”

Azul

Siempre es el azul, hasta en los semáforos. Daltonismo severo me dice el oculista, ceguera absoluta, los amigos. Horizonte eterno, pienso yo. Y como es fácil de combinar estoy encargando ropa a juego para el otoño de los poetas. Luego dirán que el color de temporada es otro, pero para entonces ya habré pintado hasta las nubes.